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Arturo Álvarez Sosa: "El Guardián de las Leyendas de los Muertos en Tucumán"

  • Foto del escritor: Carlos Quiroga
    Carlos Quiroga
  • 14 ene 2025
  • 7 Min. de lectura

El reconocido periodista y escritor dedicó parte de  su vida a preservar las historias de los cultos populares tucumanos, transformando a figuras como Bazán Frías y Enriquito en mitos inmortales. Su partida deja un vacío en la crónica cultural de la provincia.


Fotos: Carlos Villagra


Por Carlos Quiroga

Desde los orígenes mismos de la Argentina, la necrofilia ha sido casi un signo de identidad, una pasión en voz baja que aparece constantemente en nuestra historia y que, con el transcurso de los años, se fue arraigando en Tucumán. Tanto es así que muchos no dudaron en hacer de los muertos un culto, atribuyéndoles curaciones milagrosas y convirtiendo sus tumbas en verdaderos santuarios. Arturo Álvarez Sosa no fue ajeno a este fenómeno y, en su doble función de periodista y escritor, trató de entender por qué figuras como Bazán Frías, los hermanos Lucas, La Brasilera y el Finado Enriquito, entre otros, alcanzaron la categoría de mitos y lograron mantenerse vigentes pese al paso de los años y a los intentos de los sucesivos gobiernos militares por erradicarlos definitivamente.

—¿Cuándo surge su interés por el culto a los muertos?—Yo me empecé a interesar por el culto a los muertos desde muy pequeño, cuando mi madre falleció. Fue entonces cuando tomé la costumbre de ir muy seguido al cementerio del Norte, donde está enterrada ella, y ahí, en medio del impacto del dolor, fui viendo cómo chicos de mi edad desenterraban, limpiaban y jugaban con los esqueletos. Fue entonces que me di cuenta de que la muerte es parte de la vida y que hay que aceptarla como es. Ahí descubrí los mitos de Bazán Frías, los hermanos Lucas y “La Brasilera”, que luego formaron parte de mis crónicas periodísticas en el diario La Gaceta y que con el tiempo trascendieron las fronteras. Tanto es así que el canal Infinito me entrevistó para hacer un documental.

"En los años 20, se prohibió el culto a Bazán Frías, a tal punto que un actor que lo llevó al radioteatro terminó censurado. Su mito trascendió las fronteras de Argentina, y un médico presentó este fenómeno en la Sorbona de París".

—¿Por qué los tucumanos se vuelcan al culto a los muertos?

—Cuando alguien se enferma en una casa, recurrimos a los médicos; después, a los curanderos; y cuando ya vemos que no hay cura, recurrimos a los muertos para que nos hagan el milagro. Pero en el fondo de todo, está también el arraigo que estos mitos tienen entre la gente más humilde.


BAZÁN FRÍAS

—Entre los cultos a los muertos, el que más sobresale es el de Bazán Frías. ¿Quién fue este personaje?

—Bazán Frías vivía en los Siete Lotes, en Villa Alem. Datos nuevos señalan que realmente es una figura que estaba destinada a tener un gran arraigo entre la gente. Para mí, fue un revolucionario primitivo. Era un anarquista expropiador, que robaba para los pobres, y se conectó con esa línea a través de Vladimirovich, uno de los grandes revolucionarios rusos y amigo personal de Lenin. Vladimirovich pasó por Tucumán en 1914, y fue entonces cuando, en uno de los bares donde Bazán Frías trabajaba como mozo, lo conoció y se contagió de ese espíritu. Él era un justiciero en todo sentido.

—¿Cómo es eso, Arturo?

—-Bueno, hoy le voy a contar la historia de amor de Bazán Frías que jamás fue contada y que yo conocí gracias a uno de sus nietos. Bazán conoció a su mujer en un episodio lamentable, cuando Elena tenía 11 años. Había ido a robar al ingenio San José, cuando uno de los peones lo alertó de que el capataz estaba violando a una niña indefensa. Él ingresó enfurecido a enfrentar a este abusador y, a fuerza de latigazos, logró arrebatarla y salvarla de semejante vejamen. Luego se la llevó consigo y la entregó a unos vecinos para que la cuidaran. Con el tiempo, se terminó enamorando de ella y finalmente se casaron.

"Cuando alguien se enferma en una casa, recurrimos a los médicos; después, a los curanderos; y cuando ya vemos que no hay cura, recurrimos a los muertos para que nos hagan el milagro".

—¿A él lo matan precisamente en el cementerio Oeste?

—Efectivamente, lo matan cuando iba a saltar un portón que había por la calle Mendoza. Él vivía con su mujer en una bóveda recién terminada dentro del cementerio. La policía lo perseguía y él se refugiaba ahí. Finalmente, uno de los cuidadores del cementerio lo entregó.

—¿Cuál era el objetivo máximo de Bazán Frías?

—Él, junto a su amigo “El Pelayo” Alarcón, soñaba con asaltar la cárcel para liberar a todos los presos. Y creo que, de alguna manera, presintió su muerte, porque tiempo antes comenzó a repartir entre los más necesitados todo lo que había robado.

—¿Y por qué se convierte en un mito?

—Porque cuando él muere comienza la transfiguración de Bazán el Milagroso. El robar para los pobres le dio un gran arraigo popular. Recuerdo que, poco después de su muerte, la gente iba en multitudes a rendirle culto en el cementerio del Norte, y la policía tenía que intervenir para ordenar ese fenómeno popular. En los años 20, se prohibió el culto a Bazán Frías, a tal punto que un actor que lo llevó al radioteatro terminó censurado. Su mito trascendió las fronteras de Argentina, y un médico presentó este fenómeno en la Sorbona de París.


LA BRASILERA

—Otro de los cultos importantes a los muertos es el de “La Brasilera”. ¿Cómo se origina este mito?

—Según cuenta la leyenda, era una brasilera que había venido a vivir a Villa 9 de Julio y se rebuscaba como rezadora, algo muy común en esa época. En un Día de los Muertos, ella estaba rezando en el cementerio del Norte y una vela le prendió fuego a su ropa, lo que la terminó incinerando. Por lo que pude averiguar, se produjo un fenómeno de combustión porque, según me contaron quienes la conocieron, le gustaba mucho tomar, y el alcohol impregnado en su ropa hizo que se transformara inmediatamente en cenizas. Luego corrió la voz de que en ese lugar había surgido una vertiente de agua a la que muchos atribuyeron poderes milagrosos.

“Durante la  dictadura militar, Bussi mandó exterminar todo vestigio de culto profano. Pero, curiosamente, el Finado Enriquito se salvó porque sus devotos encontraron la manera de protegerlo: llenaron la tumba de banderas argentinas. Cuando pregunté por qué, recibí una respuesta que me dejó azorado: “Lo hemos embanderado para que los milicos no lo toquen”.

—¿Este debe ser el culto a los muertos más antiguo que existe en Tucumán?—Efectivamente, y tiene una particularidad: mucha gente lleva santos de la Iglesia Católica que no conceden los milagros allí, para castigarlos. A veces encontraba yo a San Roque o a San Antonio encadenados.


EL FINADO ENRIQUITO

—Otro culto famoso en Concepción es el de “Enriquito”. ¿Lo curioso de esto es que se da el rito de la autoflagelación?

—Sí, así es. Enriquito murió en 1925 y, según me contaron, tenía problemas mentales. Le gustaba mucho jugar entre los vagones de la estación ferroviaria de Concepción, y un día quedó enganchado entre las vías y murió allí. Luego, su mamá le construyó un monumento, y comenzó a correr la voz de que hacía milagros. Recuerdo que cuando fui a hacer la crónica de ese fenómeno para el diario La Gaceta, descubrí que había botellas y vasos en los que los promesantes le ofrendaban dinero.

Sobre el cajón de Enriquito hay un talero que se usa ritualmente para azotar las manos de los borrachos, mientras repiten: “Para que no sea gastador”, “Para que no sea gastador”. Las mujeres de los promesantes son las más devotas, ya que, si el Finado Enriquito los cura, ellas podrán administrar los salarios de sus maridos. También usan el talero para castigar las partes enfermas del cuerpo porque, según cuentan, el latigazo tiene el poder de la sanación.

—¿Y da resultado esa flagelació?

—A veces no, y, apremiadas por la situación, las mujeres van hasta Río Seco a pedirle al Finado Arrieta, donde su tumba se ha convertido en una especie de bodega.

—¿Cómo es eso?

—El Finado Arrieta era el encargado de sacar las cenizas del ingenio Providencia en Río Seco. Era un hombre muy querido en su pueblo, y cuando apareció en el cañaveral comido por los perros, comenzaron a rendirle culto. En su bóveda hicieron un depósito para poner las botellas de vino que llevan las mujeres desesperadas. La ceremonia consiste en dejar una botella y retirar una añejada, que, según dicen, tiene poderes curativos. El borracho que toma ese vino nunca más vuelve a reincidir.


LOS HERMANOS LUCAS


—Otro mito muy venerado por los estudiantes es el de los hermanos Lucas. ¿Por qué?

—Los hermanos Lucas eran unos mellizos que, al nacer, una madre sin corazón abandonó en el cementerio. Los sepultureros de entonces decidieron enterrarlos y ahí comenzó el culto, especialmente entre los adolescentes, que les piden que los hagan pasar de curso. Para fin de año, es impresionante la cantidad de personas que van a ofrendarles sus cuadernos en busca de una aprobación milagrosa.


SOBREVIVIERON AL PASO DEL TIEMPO


—Me llama la atención que ritos tan paganos hayan logrado trascender al paso de los años. ¿Cómo hicieron para subsistir?

—Siempre el culto a los muertos fue muy perseguido en Tucumán, pero el ingenio popular se encargó de que sobrevivieran al paso del tiempo y a los gobiernos militares. Recuerdo que, durante la última dictadura militar, Bussi mandó exterminar todo vestigio de culto profano. Pero, curiosamente, el Finado Enriquito se salvó porque sus devotos encontraron la manera de protegerlo: llenaron la tumba de banderas argentinas. Cuando pregunté por qué, recibí una respuesta que me dejó azorado: “Lo hemos embanderado para que los milicos no lo toquen”.

—Y usted, que es un estudioso del tema, ¿cree que los muertos son milagrosos?

—No, lo que creo es que la gente busca en los muertos una especie de mediador entre lo divino, que les ayude a sobrellevar la vida y les alivie de sus penas.



 
 
 

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